La tarifa plana del abono joven no es buena idea

El abono joven hasta los 26 años por 20 euros parece una gran noticia. Seguramente lo sea, en parte. Esta medida tiene dos vertientes: elevar la edad de cobertura y la tarifa plana de 20 euros independientemente de la zona. La primera es, sin duda, una forma de promover el transporte público y de consolidar hábitos. Sin embargo, la segunda encierra un viejo problema, la desconexión de la planificación territorial de las políticas de transporte.

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Que el transporte público tenga el mismo coste independientemente de la distancia favorece la dispersión urbana. A iguales costes de transporte, los menores costes de vivienda según nos alejamos del centro, provocarán que muchos jóvenes se vayan a vivir más lejos. Con el tiempo, esta medida provocará un crecimiento de viajes con mayores distancias. Eso conlleva unos mayores costes de transporte que, al no ser soportados por el que toma la decisión de irse a vivir más lejos, serán soportados por toda la colectividad. Así que una medida como esta genera un transporte más caro para todos y favorece un urbanismo menos sostenible.

Esta medida hubiera sido mucho más razonable si estuviera vinculada a la renta familiar. Es deseable que el gran titular no relegue la vieja reclamación de un abono social. Medida que en la situación actual de desempleo y exclusión social sería rabiosamente necesaria. Sobre todo teniendo en cuenta que las rentas bajas también tendrán que contribuir a costear ese transporte y modelo territorial más caro.

En resumen, abono joven a los 26 años sí, pero con tramos según zonas, vinculado a la renta y acompañado del abono social. De esa forma sería un mecanismo de redistribución y una herramienta de eliminar barreras sociales real.

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